Inicio » Confesiones » Incesto por fatalidad

Incesto por fatalidad
21.05.2008. 17:31
Hoy me ha pedido en matrimonio mi jefe, Adolfo Santos. Otra mujer se hubiera sentido halagadísima pero yo no. Es muy guapo, es muy rico y tiene todo cuanto una mujer puede desear pero, querido Diario.,.. ¿qué quieres que te diga? No me van los lechuguinos, es demasiado refinado, demasiado guapo, pero también creo que es homosexual.
No lo sé con certeza, pero mi instinto de mujer… sólo me faltaría eso, casarme con un hombre que siempre está rodeado de efebos jovencitos y rubios que parecen sacados de un cuadro y que no dejarían nada para mí. Cuando le he dicho a Tony que Santos me había pedido que me casara con él, le ha sentado como un tiro y se ha enfadado, y su enfado me ha puesto muy contenta. Eso es signo de que me quiere y desea continuar haciéndome el amor. ¡No sabes cuanto hecho de menos su gran verga y cuánto deseo volver a sentirla penetrándome y dilatándome casi hasta el dolor!
Le he sugerido que yo podía viajar a Italia para hacer el amor todo este fin de semana hasta quedar exhaustos pero, por lo visto, eso no le gustaría a Adolfo Santos porque, según me ha dicho, tiene que permanecer en Cinecittá hasta que se calme un poco el asunto Bofarull. No lo entiendo, porque él me ha jurado que no tiene nada que ver con el accidente de Laura que, por lo visto, no es tal accidente si no un asesinato. Cada vez lo entiendo menos. Hablaré con el inspector Andrade.
Esta tarde he estado en la comisaría para verlo. No estaba. Me gusta éste hombre y no sé por qué; seguramente porque se parece al joven Robert Redford, aunque a Luís lo encuentro demasiado serio y sus ojos garzos parecen dos taladradoras que te leyeran los pensamientos y eso me asusta, aunque cuando me mira se dulcifican y, entonces, tengo que apartar la mirada porque a veces, estando con él, pienso en como será cuando eyacula, si gemirá o tendrá estremecimientos de placer y si tendrá la verga tan grande como la de Tony. No me hagas caso… ¡estoy loca! Pero también estoy hambrienta. Tú no sabes lo que es pasar cinco meses sin hacer el amor.
8/5/94
Hoy he llamado a Luis por teléfono a Comisaría. Tampoco estaba; por lo visto está en Madrid, pero como les dije que me urgía hablar con él me dieron el número del Hotel. Logré hablar con él a última hora del día, cuando consideré que ya habría acabado lo que estuviera haciendo. Lo primero que me dijo cuando pregunté:
-- ¿Luís?
-- ¡Ah!, ¿eres tu? ¿Te has quitado ya las bragas?
-- ¿Pero que dices? – pregunté asombrada.
-- Cariño, no me niegues este placer. Tu marido no está. Yo tampoco y bien que lo siento, porque si estuviera te iba a comer el coño durante un quinquenio y a beberme una piscina de tu leche hasta engordar como un elefante africano.
-- Oye, pero…
-- No hay pero que valga, nena, quítate las braguitas, mi cielo, y acaríciate con una mano las tetas y con la otra ábrete ese coñito tan rico que tienes y mastúrbate metiéndote dos dedos en la vagina mientras con el dedo gordo te acaricias el clítoris. Yo ya me la estoy meneando así que espero que tú me avises de cuando te corres para corrernos los dos juntos como la otra vez. Ese puñetero marido tuyo podía irse de viaje cuando yo no tengo que viajar. La última vez estuvimos jodiendo…
Colgué. Aquel tío no era Luís Andrade. Antes de que me pusiera más cachonda decidí darme una ducha. La telefonista del hotel, lo más probable, se había equivocado de habitación. Decidí entonces que después de darme la ducha, prepararía algo para cenar y me acostaría. Como decía Scarlet O’hara… mañana será otro día

10/5/94
Aún no he podido llamar a Luis. Me he pasado dos días en los estudios rodando escenas de interiores. Estoy muerta. Me voy a la cama.
14/8/94
Hoy he ido de nuevo a Comisaría para hablar con Luis. Tampoco estaba, pero el sargento de guardia me dijo que si quería hablar con él que fuera al Palacio de Justicia y preguntara por el Fiscal General, y eso hice. Pregunté a un número de la Policía Nacional del vestíbulo. Me envió a Secretaria para que me indicaran en donde estaba ubicado el despacho del Fiscal General; él no lo sabía. Secretaría estaba en el tercer piso. Tuve que esperar a que me atendieran casi media hora. Luego resulta que estaba en el segundo piso. Vuelta a bajar, estaba de escaleras hasta el “moño”, por no decir una palabrota.
Cuando encontré la puerta con el letrero de Fiscal General, dos Policías Nacionales, uno a cada lado de la puerta, me señalaron un banco donde esperaban tres o cuatro tipos muy elegantes, pero que parecían bastante nerviosos por lo que supuse que el Fiscal General debía ser un hueso.
Al cabo de un rato, se abrió la puerta del despacho e imagine que saldría Luís, pero no, salió un señor gordo muy colorado, secándose el sudor de la frente y del cogote con un pañuelo que casi chorreaba. Me pareció oír que renegaba, pero no podría jurarlo.
Otro tío se levantó de nuestro asiento y yo creí que le había llegado el turno, pero volvió a abrirse la puerta y oí como Luis le pedía a uno de los números de la P.N. que le subiera un café. El hombre que estaba de pie adelantó un paso con la mano extendida y Luis me miró como si no me conociera. Pero de pronto, sin hacer caso de la mano que le tendían me preguntó:
¿Pero que haces ahí, criatura?
Espero poder hablar contigo, si es que el Fiscal General no te entretiene mucho tiempo.
Anda, pasa. Enseguida le atiendo, señor Cuadrado – dijo sin mirar siquiera al señor Cuadrado.
Y fue así como me enteré de que el Fiscal General era Luis Andrade. Lo primero que pensé, incluso antes de sentarme, fue que tal se sentiría una follando con un Fiscal General. Debía de ser tremendo picarse a todo un hombre tan importante, delante de quien temblaba hasta el Espíritu Santo. Tuve que apartar la mirada de sus taladrantes ojos garzos intentado pensar en otra cosa; el hambre, como la salud y como el dinero, es muy difícil de disimular.
Me preguntó como me encontraba y le dije que muy bien y él respondió con esa media sonrisa suya tan encantadora: “No hace falta que lo jures que ya se ve” Me preguntó, como siempre, por Tony y le respondí que de él quería hablarle. Supe que tenía prisa porque miraba disimuladamente su reloj de pulsera así que le dije que si hoy no tenía tiempo que ya hablaríamos otro día. Y de pronto me pregunta:
¿Puedes almorzar mañana conmigo y hablamos de lo que quieras?
Claro que sí, encantada pero ¿En dónde y a que hora? – pregunté levantándome.
¿Qué te parece en el Oro del Rhin a la 1:30?
Me parece muy bien. Te dejo porque veo que estás muy ocupado.
Eres un encanto Irene – respondió, besándome la mano como si fuera la de la Virgen del Pilar.
18/5/94
Este fin de semana me habrás extrañado, querido Diario, pero es que no he tenido tiempo más que para follarme a Luís y a Tony que ha regresado de Cinecittá en la madrugada del domingo.
Creo que reacordarás que el viernes por la tarde cuando Luís vino conmigo a casa nos sentamos en el sofá y le pregunté si tenía calor; el respondió que estaba sudando, yo le quité la corbata, él, por no ser menos, me dejó con las tetas al aire y perdiendo toda ecuanimidad comenzó a chuparme maravillosamente los pezones y las rosadas areolas con el ansia de un becerro famélico.
Te aseguro que ni siguiera Tony me hubiera puesto más caliente ni más cachonda. ¡Que bien movía la lengua el condenado! Su boca parecía una delicada y acariciante aspiradora. Cuando metió la mano bajo mi minifalda no sé por qué, pero cerré los muslos instintivamente.
No quería que se diera cuenta de que estaba húmeda como un pantano, pero no hubo manera de detener su mano ni yo tenia ganas ni fuerzas para impedírselo. Cuando me acarició la vulva por encima de las braguitas creo que ni se enteró de que estaban mojadas. Le bajé la cremallera del pantalón.
Desistí de sacarle la congestionada verga… era inmensa, rígida como una barra de acero y, como a Toni, le sobresalía medio palmo por encima del elástico del bóxer. El capullo era de un rojo escarlata, suave como el terciopelo. Incluso por encima de la tela, la verga despedía tal cantidad de calor que, al imaginarla penetrándome, supuse que chirriaría como cuando un herrero mete en el agua fría un hierro calentado al rojo vivo y aquel pensamiento aún me puso más cachonda.
Y fíjate tú lo que es el cerebro y de que cosas se acuerda cuando menos te lo esperas. En aquel momento supe para que deseara yo las plantas astringentes como la caléndula, el tomillo, el romero y la Flor Maravilla de los antiguos Faraones. Pues lo quería nada menos que para hacer lavados vaginales y reducirla así a su tamaño normal que Tony se había encargado de dilatármela con su verga de caballo. ¿Por qué? Vete tú a saber, querido diario, qué pensamientos bullían en mi subconsciente.
Pero aquella tarde, desnuda en brazos del hombre que tan desnudo como yo me llevaba a la cama, aspirando el agradable aroma de la lavanda inglesa que se desprendía de su musculoso cuerpo, caminaba a pasitos cortos porque tenía los pantalones en los tobillos y a poco nos partimos la crisma cuando tropezó. Afortunadamente estábamos cerca de la cama ya y al trastabillar no sé como lo hizo, pero se giró en redondo cayendo de espaldas en la cama conmigo encima. Estábamos tan apurados que ni siquiera nos reímos del incidente.
No fue pequeña faena la mía para recibir el homenaje de su grandiosa virilidad dentro de mí. Quizá los cinco meses de abstinencia ya habían reducido mi estuche a su estado normal, porque de otro modo no entiendo que, pese a lo húmeda que estaba, tuviera que detenerme a cada centímetro que me penetraba. Desde luego me corrí mucho antes de tenerla toda dentro y aquella lubricación ayudó a que pudiera levantar y bajar la grupa cada vez con mayor rapidez.

Por mi partea disfrutaba de orgasmo tras orgasmo sin solución de continuidad y cada vez con mayor intensidad hasta que noté que se ponía tenso como una cuerda de piano y casi de inmediato una catarata de semen batió en mi interior con la fuerza de un geiser. Los dos unidos en uno solo, perdimos el mundo de vista para flotar en el espacio sideral con estertores de sublime agonía. Fue tan grandioso el clímax y tan abundante su secreción seminal que imaginé todo lo contrario de lo que ocurrió.
Casi inmediatamente después de eyacular con la abundancia de un caballo de la remonta, sus manos grandes y firmes, me levantaron por las nalgas con suavidad para, con la misma suavidad dejarme caer sobre la ardiente barra que me penetraba. Me sostuve sobre él con los brazos extendidos a cada lado de su cuerpo para ver si lo disfrutaba tanto como yo. Desde luego la rigidez de su verga seguía siendo dura y ardiente como antes de eyacular.
En esa posición me chupaba los pezones, las areolas y toda la carne que su boca podía alcanzar. Lo hacía con suavidad, igual que un gatito lamiendo un plato e leche. Los bíceps de sus brazos se marcaban duros y firmes mientras me levantaba y me bajaba sin que yo tuviera que hacer moviendo alguno. No daba muestras de cansancio y cada vez que me miraba sonreía y me mordía suavemente los labios. Cuando me sentía gozar me preguntaba: ¿Te casarás conmigo? ¿Te casarás conmigo? Y en esos momentos, dime tú, querido diario, ¿Quién hubiera sido capaz de negarle nada?
Bueno, pues se mantuvo firme como una roca hasta que dije basta. Lo sentí eyacular cuatro veces, claro que no con la misma cantidad de la primera vez, pero se mantuvo dentro de mi toda la tarde hasta el anochecer cuando tuve necesidad de ir al servicio. Nada más levantarme sentí que me corría el semen hasta los tobillos dejando un charquito en las baldosas que luego tuve que limpiar. Calculo que en las cuatro veces que eyaculó habría expulsado por lo menos un cuarto de litro o quizá más. Nunca había visto nada parecido, ni siquiera con Tony.
Nos duchamos, cenamos y… ¡otra vez a la cama! Casi toda la santa moche lo tuve dentro de mi. Te aseguro que era incansable. Incluso me dormí encima de él y en el duermevela que precede al sueño lo sentí eyacular de nuevo, oprimiéndome las nalgas como si quisiera meterse entero dentro de mí y debí dormirme como una marmota porque ya no recuerdo nada más hasta la madrugada del sábado, cuando me desperté sola en la cama. Volví a dormirme porque estaba derrengada.
19/5/94
Me despertó el teléfono sonando insistentemente y me levanté de un salto porque eran las doce y cuarto en el reloj de la mesita. Era Luis que me llamaba para que dentro de una hora estuviera preparada para acompañarlo a comer.
Luego, ya me lo imagino, a follar toda la tarde y toda la noche porque este Luis debe de ser de hierro colado, porque sino no me lo explico. Por la tarde vale, pero por la noche no. Tengo que encontrar la manera de que se vaya antes de la doce. A las seis a.m. llega el vuelo de Tony y estoy segura que llegará con hambre atrasada y no voy a decirle que estoy cansada de follar. Tengo que pensar bien lo que voy a decirle a Luis.
Ya veremos lo que pasa. No pongamos el carro delante del caballo. Cada cosa a su tiempo.
Este artículo no tiene comentarios.




Escribe un comentario