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Intercambio de pareja

28.01.2008. 11:06

Hola a todos. Voy a contaros algo que nos ocurrió a mí y a mi marido hace casi un año. Pero antes os describiré cómo somos para que os sea más sencillo imaginarnos cuando os cuente nuestra experiencia.

Me llamo Cristina, soy rubia y tengo los ojos azules, mido 1.65 y peso 53 Kg. Tengo la piel muy blanca y un cuerpo bastante bien formado, a excepción de mi pecho que es exageradamente grande (uso una talla 130 de sujetador). Cuando tengo los pezones erectos alcanzan un tamaño de alrededor de 2 cm. y son bastante sensibles al tacto. De hecho, no hay cosa que más me excite que sentirlos masajeados y chupados por mi marido. Mis piernas son bonitas y bien formadas, y me fascina usar minifaldas sumamente cortas.

Por otra parte, Jose, mi marido tiene el pelo color caoba. El de la cabeza, porque el del pubis es color rojo fuego, cosa que me excita enormemente... y a otras mujeres también. Tiene la piel bastante pálida como yo, los ojos de color verde oscuro, mide 1.72 y pesa 75 Kg. Es de complexión media y está bastante bien dotado, no de una forma exagerada, pero creedme, sabe cómo usar lo que tiene y cómo hacerme sumamente feliz. Es un hombre exageradamente temperamental y fogoso, a la vez que fantasioso e imaginativo con respecto al sexo, algo que me hace quererle cada día más.

Ambos somos jóvenes, yo tengo 28 y el 35, y provenimos de familias de clase social alta. Ese ha sido el ambiente en el que nos hemos movido toda nuestra vida, aunque a veces nos gustaría cambiar un poco, vivir una vida tranquila y normal. Yo soy arquitecto y el profesor de literatura en la universidad. Nos casamos hace 5 años y el balance de ese tiempo, aunque con los típico altibajos de cualquier pareja, es bastante bueno. En el sexo nos consideramos una pareja como cualquier otra, aunque con muchas fantasías sexuales que satisfacer, me imagino que como cualquiera de vosotros.

Estoy pensando en cómo reaccionará Jose cuando llegue esta noche a casa de trabajar y le cuente que he enviado este relato para que sea publicado en internet. Estoy segura de que lo primero que hará será tener una erección casi inmediata. Probablemente, lo segundo será tumbarme en el sofá y hacerme el amor fogosamente hasta dejarme completamente satisfecha y exhausta. Siempre me ha dicho que no hay cosa que más le satisfaga que hacer que la mujer que está poseyendo tenga no uno, ni dos, sino varios orgasmos, sin importar lo que tenga que hacer para dejarla completamente satisfecha antes de que alcanzar él su satisfacción personal.

Una de nuestras fantasías sexuales preferidas es la del exhibicionismo, en cualquiera de sus variedades. Esta es una de ellas: exhibirnos a través de internet, contando a todo el mundo una experiencia sexual frustrada que tuvimos hace algunas semanas, a la cual yo en un principio no accedí, pero en la que me vi envuelta sin quererlo. Os cuento...

Mi marido por aquel entonces fantaseaba con la posibilidad de realizar un intercambio de parejas y prácticamente a diario trataba de convencerme para ello. Aquella no era la primera vez que lo intentaba, al poco de casarnos consiguió convencerme para que lo probase, aunque en aquella ocasión la cosa no salió como esperábamos. Quizá luego os cuente cómo ocurrió todo, pero ahora dejad que siga con mi historia...

Pues bien, todo ocurrió hace cosa de 11 meses. Por entonces mi embarazo no se me notaba demasiado pues apenas estaba de dos meses. Jose tenía que viajar a Miami para asistir a un congreso de literatura española y me pidió que le acompañara. Yo sabía que él albergaba la secreta esperanza de lograr el intercambio en aquel exótico lugar, y lo cierto es que yo no tenía la más mínima intención de acceder a sus deseos, aún a riesgo de que se enfadase conmigo. Se pasó todo el viaje en el avión jugueteando conmigo, algo que me excitó muchísimo, quizá debido al estado de extrema sensibilidad en que me encontraba o a estar sobrevolando el océano Atlántico rumbo a una preciosa ciudad.

Ya en tierra nos dirigimos al hotel y nada más instalarnos en nuestra habitación tomamos un delicioso baño juntos, cosa que nos gusta hacer desde el primer día de casados y que siempre hemos encontrado de lo más excitante. En la espaciosa bañera de la habitación siguió jugando conmigo, pero siempre teniendo especial cuidado de detenerse antes de hacerme alcanzar el placentero final. Una vez fuera del baño bajó al vestíbulo del hotel a reunirse con alguno de sus colegas y a comprobar los horarios del congreso. Yo preferí salir a comprar algunas cosas. Tenía en mente una preciosa combinación con medias y liguero, además de otras cositas que sé que le vuelven loco.

Una vez de vuelta y tras ver que todavía no había llegado, me puse la sensual combinación que había comprado y decidí esperarle así vestida. Cuando por fin regresó, se quedó sorprendido al verme vestida de una forma tan excitante y llamó a recepción para que nos subiesen la cena a la habitación. Durante la cena se pasó todo el rato jugueteando conmigo y excitándome sin parar. Cuando acabó su plato se levantó y dirigiéndome una pícara sonrisa, entró al baño. Yo corrí a la cama y me tendí en ella presagiando una noche de desenfreno sin límite. Por fin salió, completamente desnudo y mirándome de forma sensual. Le dejé espacio para que se tendiese a mi lado, y cuando esperaba que se echase encima de mí para hacerme gozar como solo él sabe hacerlo, cogió el mando a distancia de la tele, la encendió y se puso a cambiar de canal. Se detuvo en uno en el que hacían una película en blanco y negro que no reconocí.

- Mira, 'Ciudadano Kane' -me dijo, rodeándome con un brazo- Esta película es fantástica, vamos a verla.

Y así me dejó, vestida con la combinación más excitante que haya visto mortal alguno y más caliente que una gata en celo. No obstante, aguanté despierta para ver si todo era una broma o si se arrepentía a mitad de película y quería que pasásemos un buen rato. Casi le mato cuando vi que se había dormido sin siquiera darme un achuchón. Apagué la tele, me di media vuelta y me dormí más enfadada que nunca antes en todo mi matrimonio.

Al día siguiente se levantó como si nada. Nos bañamos juntos como de costumbre y en la bañera siguió jugando conmigo, aunque apenas le hice caso. Él pareció no darse cuenta de mi indiferencia. Mi pidió que le acompañase al lugar en que se celebraba el congreso y decidí aceptar porque con mi enfado lo único que estaba consiguiendo era pasármelo mal. Condujo el coche que habíamos alquilado y durante todo el trayecto hasta el centro de convenciones no paró de acariciarme las piernas y las tetas. Yo no podía evitar sentirme sumamente excitada.

Llegamos al congreso y nada más bajar se encontró con unos compañeros de su misma universidad. Aguanté unos minutos, pero al ver que la conversación no acababa y yo me aburría como una ostra, me disculpé con sus colegas y le dije que me iba a dar un paseo. Quedamos en vernos a la hora de comer en un restaurante que ambos conocíamos. Llegó tarde y tuve que esperarle casi dos horas. A pesar de mi creciente enfado siguió jugando conmigo durante toda la comida, dejándome húmeda e insatisfecha de nuevo. Dimos una vuelta por la ciudad y ya de noche regresamos al hotel. En aquel momento yo era un volcán a punto de explotar, tenía ganas de pasar con él toda la noche, de hacer el amor sin parar, de hacerle llegar hasta el placer supremo... Pero ocurrió lo mismo que la noche anterior, encendió la tele, puso una película finlandesa subtitulada y luego se durmió.

Amaneció y el día fue igual que el anterior. Se fue al congreso y al volver jugueteó todo lo que quiso conmigo, conduciéndome al borde del éxtasis, pero deteniéndose antes de que lograse alcanzarlo. Por supuesto, el día concluyo con otra película.

¿Qué está pasando? ¿Por qué no me hace el amor? ¿Cómo es que puede contenerse tanto? ¿Será que se acuesta con alguna de sus colegas del congreso? Estas eran algunas de las preguntas que me hacía en mis largos ratos de soledad y seguía sin conocer las respuestas.

Volvió a amanecer y esta vez decidí acompañarle todo el día. Sus manos no estuvieron quietas ni un solo momento, ni durante el viaje en coche, ni durante la ponencia de aquel día en el salón de actos, ni siquiera durante la comida con todos sus compañeros. Jugueteaba con mis piernas por debajo de la minifalda, me acariciaba las tetas por encima de la camisa. Yo sentía que no aguantaba más. Durante la cena estaba tan caliente que si me hubiese arrancado la ropa y tumbado sobre la mesa del lujoso restaurante en que nos encontrábamos para hacerme el amor, hubiera accedido sin dudarlo. Pero al llegar a la habitación del hotel, puso la película de costumbre y a los cinco minutos se quedó dormido.

Un nuevo día, el último completo que pasaríamos en Miami. Le acompañé de nuevo al congreso y sus manos volvieron a hacer de las suyas. Tan caliente me encontraba que a mediodía nos separamos pues yo ya no aguantaba más. Decidí que haría un último intento por llamar su atención y pensé que lo mejor sería vestirme de una forma que no pudiese ignorarme, ponerme algo que le sacase de sus casillas, que le volviese loco de excitación, y así lo hice.

Cuando regresó aquella noche yo ya estaba enfundada en unas medias negras sujetas por un liguero del mismo color, que dejaban mis partes íntimas totalmente al descubierto, pues no llevaba braguitas, así como tampoco sujetador. Me había puesto un cortísimo vestido de color azul turquesa (un color que le excita mucho) que se ajustaba perfectamente a mi cuerpo. Era bastante escotado por lo que mis grandes tetas parecían a punto de desbordarse. Mis erectos pezones, libres de la opresión del sujetador, se marcaban amenazando con reventar la tela que los cubría. Por último, calzaba unos botines hasta el tobillo, terminados en punta y con tacón de aguja, tal y como a él más le excitan. Se me quedó mirando, recorriendo con sus ojos hasta el último rincón de mi cuerpo. Sonrió y silbó como el que ve algo impresionante ante sus ojos y ciertamente yo lo estaba.

- Estás muy guapa -me dijo con indiferencia- Ahora, coge el bolso, vamos a ir a cenar con un amigo y su mujer.

Ya en el coche, su mano libre empezó a acariciar mi vello púbico (entonces lo tenía, pero ahora lo llevo totalmente depilado) y al mirar hacia él pude apreciar una enorme erección bajo sus pantalones. Aquella noche era la última de nuestro viaje y no tenía intención de dejarla pasar, así que tomé la iniciativa. Se la saqué de los pantalones y mientras conducía la acaricié y le di algunos besitos y lametones con mi lengua. Así recorrimos todo el camino y cuando llegamos nos dimos cuenta de que todavía faltaba media hora para nuestra cita, por lo que decidimos tomar una copa en el bar. Sentados en la barra sus manos recorrieron mis piernas sin disimulo. Yo estaba ya totalmente mojada.

- ¿Qué te parece si después de cenar, nos vamos los cuatro juntos al hotel? -me dijo sin apartar sus manos de mis muslos.

Entonces lo comprendí todo. Por eso me había excitado tanto los días pasados, para que yo aceptara el intercambio de parejas. Tenéis que comprender que mi volcán estaba sumamente caliente y con enormes ganas de derramar su ardiente lava de una vez. Vamos, que estaba más cachonda de lo que podía soportar, así que acepté.

- Pero, ¿les conoces? ¿Cómo sabes que están sanos, que son una pareja limpia y no nos van a contagiar nada? -le pregunté, pues ese era uno de mis mayores miedos en los intercambios de pareja.
- Tranquila, conozco a la chica desde la universidad -me dijo- Estudiábamos juntos y nunca he visto una persona más sincera que ella. Si me dice que su marido y ella están sanos, no puedo dudar de su palabra. Además, conocen la ciudad como la palma de su mano porque el marido vivió aquí cinco años.

Me tranquilizaron un poco sus palabras, pero yo aún tenía mis dudas. Me preguntaba, ¿cómo serán?, ¿deseo realmente lo que voy a hacer o solo he aceptado por complacerle? Pero ya había dado el paso definitivo, no podía echarme atrás.

Llegaron a la hora acordada y se presentaron. Silvia, la amiga de mi marido, era realmente una mujer preciosa y sensual, alta y con un cuerpo cuidado. El marido, Antonio, no era tan joven ni tan guapo, pero tenía una presencia que suplía todas sus carencias físicas. Nos dieron una mesa bastante esquinada, apenas iluminada por un par de velas sobre un candelabro sujeto a la pared. No sé si fue a propósito o por casualidad, pero nos sentamos cada uno frente a su pareja. Silvia estaba a mi derecha, Antonio a mi izquierda y mi marido enfrente de mí.

Empezamos a cenar y enseguida me di cuenta de que los ojos de la pareja me devoraban sin disimulo. Parecía que todos tenían muy claro a qué habían venido y no querían perder el tiempo en formalidades. Me sentía algo avergonzada, aunque mi marido estaba alegre y dicharachero como no le había visto en todo el viaje.

- Cariño, pásame la sal -me pidió Jose y se la tendí por encima de la mesa- No, Cristina, esa no es la forma americana de pasarse las cosas en la mesa. Lo normal es poner el salero sobre la mesa frente a mí, no dármelo en la mano.

Y al acabar me guiñó un ojo. Al instante comprendí lo que había querido decir. Me levanté y al inclinarme para dejar el salero delante de Jose, mostré mi abundante pecho a la vista de la excitada pareja. Al verme casi se les salen los ojos de las órbitas. Aquello, tengo que reconocerlo, me excitó y me llenó de orgullo, así que, viendo que estaba tan caliente que no podía echarme atrás, decidí tomar la iniciativa. Lo que desde siempre me había costado más al pensar en un intercambio de parejas era el tener que estar con otra mujer. Nunca había tenido relaciones sexuales con otra mujer, pero en aquel momento me excitaba muchísimo la idea.

- Mirad, creo que acabo de tener una pequeña taquicardia -dije y con esa excusa tomé las manos de la pareja con las mías y las puse sobre mi pecho, una encima de cada teta- ¿Lo notáis?

No respondieron, pero sus manos recorrieron mis tetas suavemente, delicadamente, como si estuvieran acariciando el objeto más precioso del mundo. Aquello me animó a seguir y puse mis manos encima de sus piernas, una en cada uno.

- Me encanta tocar a otras personas -dije- ¿A vosotros no? ¿Por qué no hacéis lo mismo que yo? ¿Por qué no tocáis con vuestras manos al que tengáis al lado? Ya veréis como os gusta y lo mejor es que no hace falta que sea en la pierna...

Para demostrar que iba en serio puse una mano por encima del pantalón de Antonio, subiéndola luego poco a poco hasta ponerla en su entrepierna. Allí sentí una enorme erección que acaricié por encima de la tela. Mientras, mi otra mano subió por la pierna de Silvia hasta encontrarme por debajo de su falda directamente con su vello púbico, ya que ella tampoco llevaba ropa interior. De pronto, sentí que otra mano llegaba hasta donde yo tenia la mía. Era la de mi marido y entre los dos acariciamos el clítoris de Silvia a la vez que recorríamos lentamente sus todavía secos labios vaginales. En cuestión de segundos se humedecieron adquiriendo una suave textura que me excitó. Instantes después, sentí bajo mi falda cómo las manos de Javier y de su mujer empezaban a juguetear con mi desnudo coño, el cual, a diferencia del de Silvia ya estaba completamente húmedo y preparado para lo que fuera. Cuando todo acabó, Jose me dijo que las manos de la pareja también habían cooperado para bajarle la cremallera del pantalón y sacarle la polla para que Silvia se la masajeara.

A los pocos minutos llegó el camarero con la cuenta, cuando apenas habíamos hecho más que empezar a cenar. Era obvio que nos habían visto y que no querían un espectáculo de esa clase dentro de aquel restaurante. Nos arreglamos y salimos a la calle sin saber adónde dirigirnos.

- Podríamos ir al club -exclamó Silvia- ¿Qué te parece Javi?
- Claro, ya veréis como os gusta -nos dijo su marido- Es un lugar al que solíamos ir cuando yo vivía aquí.

Yo no sabia a qué clase de club se referían, pero decidí que lo mejor sería seguirles porque de momento la noche estaba resultando mejor de lo que había esperado. De pronto, Silvia me sorprendió subiéndose rápidamente al coche alquilado con mi marido.

- Jose, yo voy contigo -exclamó la sensual amiga de mi marido- Te enseñaré el camino al club. Así seguro que no te pierdes...

Asombrada, miré a Jose y éste solo se encogió de hombros y sonrió. Si eso es lo que quería, yo también podía jugar a aquel juego. Me acerqué decididamente al coche de Javier y me senté a su lado en el flamante coche que llevaba. No sé donde lo habían alquilado, pero era cien veces mejor que el nuestro.

Desde luego, en el trayecto al famoso club, Javier no perdió el tiempo. Nada más arrancar y después de haberme levantado el vestido, empezó a tocar mi húmedo coño. Se pasó el resto del camino metiendo sus dedos en mi empapada raja. Yo, por mi parte, tampoco me quedé atrás. Le desabroché el pantalón y le acaricié la enorme polla que había escondido toda la velada. La verdad es que no estaba mal armado el tal Javier. Al detenernos en un semáforo, miré por la ventanilla al coche de Jose que se había parado a nuestro lado. Allí, Silvia y mi marido estaban entregados a una masturbación mutua que les hacía retorcerse de placer. Sentí una punzada de celos y volví rabiosa a dedicarme a la verga de mi acompañante.

Por fin nos detuvimos a la puerta de un lujoso club. Según Javier estábamos en el sur de Miami, en una de las zonas más selectas de la ciudad. Al llegar a la puerta enseñó una credencial y entramos los cuatro. Me explicó que todavía la conservaba de cuando había vivido en la ciudad. Al entrar me quedé sorprendida por lo que había dentro. Se trataba de un enorme salón completamente en penumbra, con mesas aquí y allá, y con una pequeña pista de baile en el centro. Nada anormal... si no fuese porque la mayoría de las personas bailaban medio desnudas. Junto al salón principal había uno más pequeño con una mesa de billar y algunas maquinas recreativas. Al fijarme más detenidamente comprobé que se trataba de un juego de strip-póker en el que podías elegir en la pantalla al chico o a la chica que quisieras y a medida que ganabas se iba desnudando, mientras que cuando perdías se volvía a vestir. Al otro lado, había otro salón con cerca de 20 sillones dobles colocados en hilera y enfrente una pantalla en donde se exhibía una película porno. Al lado de la pista de baile había una puerta y detrás de ella unas pequeñas taquillas para guardar la ropa, junto con duchas y jacuzzis gigantes comunes en los que un gran número de personas desnudas se divertían, mientras otras muchas hacían el amor. También me contaron que había unos pequeños cuartos, aunque no los vi, con una serie de jaulas grandes con capacidad para dos, tres, cuatro y hasta cinco personas en las que había toda clase de artefactos sexuales, desde vibradores hasta látigos, y en donde se podía hacer el amor libremente.

Después de aquel breve recorrido nos sentamos en una de las mesas y Silvia empezó a besarme apasionadamente. Yo respondí con igual pasión pues el fuego que sentía dentro de mí era ya insoportable. A su vez, Javier me levantó el vestido y arrodillándose entre mis piernas empezó a chuparme el coño. Silvia dejó de besarme, le bajó los pantalones a mi marido y empezó a chuparle la polla que estaba tiesa como un palo. Cerré los ojos para disfrutar de aquel placer tan excepcional y cuando los abrí, sin saber cómo ni cuándo había sucedido, me encontré con que ya no era Javier el que devoraba mi sexo sino su mujer que introducía su lengua hasta el rincón más recóndito de mi coño. Él estaba de pie a mi lado, desabrochándome suavemente los botones del vestido. Cuando acabó se lanzó con voracidad sobre mis tetas y empezó a devorar mis duros pezones.

Levanté la vista y no vi a mi marido, pero al girar la cabeza le encontré de pie a unos dos metros de nosotros. Arrodillada a sus pies, una chica negra con un cuerpo escultural tenía la enorme verga de mi marido completamente enterrada en su boca. Vi cómo empezaron a acercarse algunas personas, curiosas por lo que estaba ocurriendo. De pronto, unas manos agarraron mis enormes tetas y empezaron a masajearlas, mientras otras se dedicaban a pellizcarme los pezones. Volví de nuevo la vista hacia Jose y vi que ya le habían quitado la camisa. Una rubia le estaba besando los pezones, mientras otra le comía la lengua. Todos aquellos días de abstinencia llegaron a su fin cuando exploté en un orgasmo tan potente que me dejó aturdida. Todavía con los ojos cerrados por el orgasmo que recorría mi cuerpo, escuché cómo mi marido bufaba al correrse en la boca de la chica negra.

Cada vez notaba más manos tocándome y los tocamientos iban haciéndose más atrevidos y violentos a medida que pasaba el tiempo. Al abrir los ojos me di cuenta de que nuestro espectáculo había llamado la atención de prácticamente todo el local ya que hacia mí avanzaba un grupo de hombres con sus desafiantes vergas en la mano. Fue entonces cuando empecé a asustarme de verdad. Busqué a Jose con la mirada y vi que le pasaba lo mismo. De pronto, la música se detuvo y se hizo el silencio, solo roto por los jadeos y gemidos que provenían del salón contiguo.

- Llamada a todos los miembros del club -dijo una potente voz por los altavoces- Está a punto de llevarse a cabo un rito de iniciación. Quien desee participar acuda rápidamente al salón principal.

Mi marido me miró con los ojos muy abiertos e inmediatamente se abrió paso a empujones hacia donde yo estaba. Me agarró con fuerza de la mano y tirando de mí me sacó de aquel manicomio. Le noté asustado y eso me hizo sentir todavía más miedo. Nos subimos rápidamente al coche y nos alejamos a toda prisa. Ya de camino al hotel y algo más tranquilos nos dimos cuenta de que Jose no llevaba la camisa. Además, su pantalón tenía la cintura destrozada y le faltaba un zapato. A mí me faltaban los dos y mi vestido estaba desgarrado, como si una jauría de perros salvajes lo hubiesen arañado y mordido. Al vernos así empezamos a reímos, una pequeña risa al principio que acabó convirtiéndose en una histérica carcajada con la que descargar algo la tensión que habíamos sufrido en aquel extraño y peligroso lugar.

- Cariño, no sé qué decir -se disculpó- Perdóname, no sabía lo que tenían pensado esos dos cuando nos llevaron a ese sitio.
- No te preocupes -le tranquilicé yo- Sé que no hubieras dejado que fuésemos si hubieses sabido lo que nos esperaba.
- Lo que no entiendo es cómo ha podido cambiar tanto Silvia desde que estudiaba conmigo -dijo pasándose nervioso la mano por su despeinado pelo- Me acosté con ella un par de veces en la universidad, pero nunca se comportó de una forma tan salvaje como esta noche. Más bien al contrario, siempre fue una chica muy convencional en la cama.
- La gente cambia -le contesté yo.

Permanecimos en silencio el resto del trayecto y en cuestión de minutos llegamos al hotel. Corrimos hacia el ascensor y justo cuando se cerraban las puertas una mano penetró entre las dos hojas y lo impidió. Me dio un vuelco al corazón al pensar que eran los locos del club que venían a acabar el rito de iniciación en el mismo ascensor.

- Esperen -dijo una voz desde fuera del ascensor y al acabar de abrirse las puertas vimos con alivio que se trataba de un par de policías- ¿Les ha pasado algo? Les hemos visto salir corriendo del coche y entrar a toda velocidad aquí, y hemos pensado que ocurría algo malo.
- Nada agente -contestó Jose- Nos han asaltado mientras volvíamos al hotel, pero hemos conseguido escapar antes de que nos pasase algo más.
- ¿Quieren presentar una denuncia en comisaría? -nos preguntaron- Quizá todavía podamos encontrar a los agresores.
- No es necesario -dijo mi marido- Al fin y al cabo, no nos ha pasado nada y estamos bien. Además, mañana a primera hora salimos de viaje y queremos descansar un poco. De todos modos, gracias por su interés.

Con un saludo dejaron que las puertas se cerrasen y ya en la habitación empezamos a reír a carcajadas. Nos dimos una ducha rápida, cada uno por su lado, y luego nos quedamos charlando sobre las experiencias que habíamos vivido en aquel club.

- Me han chupado la polla muchas mujeres, tú lo sabes -decía Jose- Pero ha sido la primera vez que me lo hacía una negra. Yo creía que sería igual que con el resto, pero ha sido diferente, especial... Me ha vuelto loco ver cómo mi blanca verga desaparecía y volvía a aparecer en la oscuridad de su boca. Lo más excitante ha sido ver cómo todas aquellas mujeres se peleaban por acariciarme. De todas formas, no quiero repetir una experiencia parecida. El próximo intercambio que hagamos será entre parejas, dos, tres o cuatro a lo sumo. ¿Qué dices tú, cariño?
- Por lo que a mí respecta, esta noche ha sido debut y despedida -le dije con un cierto tono de enfado en la voz- No pienso volver a participar en ninguna clase de intercambio. Esta ha sido la segunda vez y ha resultado igual de mal que la primera, así que no pienso repetir.
- Bueno, no te enfades -me apaciguó Jose- Lo que no me creo es que todo haya sido malo, algo habrá habido que te haya gustado, que te haya parecido excitante...
- A decir verdad... -empecé a decir- La excitación que he sentido cuando tu amiga me ha acariciado y luego me ha comido el coño ha sido algo increíble, me ha gustado bastante más que la mayoría de las veces que me lo ha hecho un hombre. Creo que sí me gustaría hacerlo de nuevo con una mujer... pero eso no va a suceder. No estoy dispuesta a realizar ningún intercambio más.

Jose acató mi decisión con resignación, algo desilusionado. Cuando minutos después nos dimos un excitante baño juntos, su decepción había desaparecido, volvía a ser el amante desenfrenado que siempre había sido. Aquella noche nos hicimos el amor loca y apasionadamente.

Recordaréis que al principio del relato os dije que os contaría cómo había sido el primer intercambio de parejas que tuvimos, del cual no conservo muy buenos recuerdos ya que no fue nada satisfactorio para mí. Más o menos ocurrió así.

Begoña, una íntima amiga mía, estaba loca por mi marido. Le gustaba tanto que no tuvo reparo alguno en decírmelo a la cara. Una vez me contó que le excitaba hasta el punto de que siempre que hacía el amor con su marido, imaginaba que era Jose el que se la follaba con pasión. Una noche nos invitó a cenar y después de algunas copas, ella y su marido nos confesaron que tenían ganas de hacer el amor con nosotros. Jose y yo nos miramos asombrados a la cara. Ya os he contado que mi marido siempre ha intentado convencerme de hacer un intercambio de ese tipo. Como no nos decidíamos, mi amiga nos dijo que no querían presionarnos, que eligiésemos con libertad lo que queríamos hacer. Para no condicionar nuestra decisión ella se metió en una habitación y su marido en otra, no sin antes recordarnos nuestras opciones: irnos de la casa, o entrar yo a la habitación que quisiera y mi marido a la otra. Después de hablar unos instantes, le confesé a mi marido que mi amiga le deseaba locamente y que si él quería, yo le dejaba completa libertad para acostarse con ella. Tras pensarlo unos segundos, aceptó y se metió en la habitación de Begoña. Naturalmente, a mí no me quedó otro remedio que entrar en la de su marido.

La experiencia resultó un verdadero fiasco. Después de montarse casi inmediatamente encima de mí, me penetró, se corrió y se quedó dormido, todo en menos de dos minutos. Aquello me hizo sentirme suciamente utilizada, pero no tuve más remedio que aguantarme. Mi marido a su vez me contó que no lo pasó nada mal, lo hizo con mi amiga varias veces y en varias posiciones. En aquel mismo instante decidí que si volvía a aceptar un intercambio, sería con la condición de estar siempre junto a mi marido, viendo en todo momento lo que hacíamos con la otra persona. Así lo hicimos en posteriores ocasiones y ésa ha demostrado ser la solución más excitante tanto para mí como para él. Nunca más hemos vuelto a tener problemas de ningún tipo y la experiencia ha acabado siempre de forma muy satisfactoria para los dos.

Para acabar, y para los más curiosos de vosotros, voy a contaros nuestro tercer intercambio, el primero en que todo salió a pedir de boca. A mí me seguía excitando la idea de hacerlo con una mujer mientras mi marido me miraba y por fin lo logré. Jose llegó un día a casa con la hija de los vecinos del tercero y su novio. Ella se había dejado las llaves en casa y sus padres no volverían hasta dos días después, así que le dijimos que se quedase en casa hasta ese día. El chico se quedó a cenar aquella noche con nosotros y, todavía no se cómo, acabamos los cuatro borrachos y en nuestra cama. Cuando me quise dar cuenta, me encontraba acostada boca arriba con la chica sentada en mi boca, su novio penetrándome a mí y mi marido chupándome los pezones. Luego intercambiamos los papeles, adoptando todas las combinaciones posibles. He de confesar que me excitó mucho ver cómo Jose se follaba a otra mujer, escucharlos jadear y que él me escuchara gemir de placer mientras recibía a otro hombre dentro de mi coño. También me gustó verme ensartada por dos hombres a la vez, uno por mi coño y otro por mi boca, para que luego, la que tenía en la boca me penetrara por detrás. Así colocada tuve el privilegio de sentir un sabroso coño en mi boca y dos vergas, una por delante y otra por detrás. También disfruté viendo a la chica en esa misma situación, ensartada por los dos lados y comiéndose mi tierno y húmedo sexo, el cual ya por aquel entonces llevaba totalmente depilado a petición de mi marido, aunque luego lo seguí haciendo por mi propio gusto. Desde entonces, todo ha ido como la seda. ¿Alguien quiere probar?


anonimo

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